La Playa Desechable


Si los bosques amazónicos son considerados los pulmones de nuestro planeta, el océano debe ser su corazón. Sabemos muy poco acerca de la vida acuática, pero lo suficiente para afirmar que esta sustenta el bienestar tanto de las personas que viven lejos, como de aquellos que despiertan para ver la salida del sol sobre el agua. Cuando tomé un curso de certificación de resucitación cardiopulmonar y uso de desfibrilador  RCP / DEA para mi carrera de enseñanza de yoga, aprendí que si la RCP se inicia dentro de 4 minutos del colapso y la desfibrilación dentro de los 10 minutos, la oportunidad para la supervivencia de una persona es de 40%. Cada minuto de indecisión conduce a menos oportunidades y a daño cerebral permanente.

A medida que nos sumergimos en los rayos juguetones de sol, el viento refrescante y la suave arena, nos rodeamos de las necesidades para sentirnos seguros y cómodos en la playa. Y así lociones para protegernos del sol, un sombrero, una botella de agua complementan los innumerables beneficios que recibimos de esta maravillosa experiencia.

Buscamos formas de recargar, para poder seguir contribuyendo al mundo de la mejor manera que podemos y queremos, imitando lo que nos enseña el auxiliar de vuelo, colocando la máscara en nosotros mismos primero, y sólo entonces asistiendo a otros. La playa nos permite liberar el estrés mental, descansar, estirarnos, jugar, correr, bailar, recordándonos cómo el planeta se parece a un padre en sus formas de crianza. Es así como a cualquier edad, llegamos a la playa y nos sentimos como niños, bañándonos en los regalos de la naturaleza.

Aunque la naturaleza no nos habla de forma convencional, sabemos que a veces necesita recargarse también, para el mismo propósito – para poder continuar alimentándonos. Para mí, la relación entre las personas y la playa es circular.

¿Qué pasa si el océano, nuestro poderoso abuelo, el corazón del planeta, pierde su fuerza debido a una enfermedad? El nombre de esa enfermedad es contaminación. La Gran Zona de Basura del Pacífico es la más grande de las cinco islas de plástico flotando en el océano. Es más de 6 veces el tamaño de Cuba y en contínuo crecimiento. Al igual que en la placa que obstruye las arterias del corazón y aumenta la probabilidad de un ataque al corazón o un derrame cerebral, el plástico flotante, creado por la irresponsable adicción de las personas a la comodidad, está incrustada en cada bolsa de plástico que traemos a casa desde el supermercado. Estadísticamente, el 10% de todos los plásticos desechados termina en el océano a través de las vías de agua.

Las sustancias químicas contenidas en los plásticos se han encontrado en personas que viven en las Américas, Europa y Asia, lo que limita su capacidad de reproducirse, y los efectos pueden extenderse a nivel mundial a lo largo de las cadenas de suministro de alimentos y otras formas en las que todos estamos conectados.

El océano es el reflejo de nuestro bienestar. Da vida, no sólo para el mundo acuático, pero mucho más allá. Incluso la relación más perfecta que fluye de forma natural, se hace más fuerte si trabajamos en esa conexión, aportando nuestro tiempo y energía. La naturaleza no es diferente a un pariente cercano, un querido abuelo.

El reciclaje, incluso si alguna vez supera el actual 7% de todos los residuos, no es una solución sino una curita, es algo temporal. Es tiempo de pensar en crecer; de convertirnos en adultos cuidadores de nuestro abuelo océano y cambiar nuestros hábitos que buscan la comodidad por medio del uso de elementos desechables, eligiendo productos sostenibles, biodegradables o reutilizables que den esperanza a la recuperación de la salud de la Tierra.

Irina Bright

Irina Bright

Irina pasó los primeros 20 años de su vida en Astana, la capital de Kazajistán, post URSS. Cada estación del año en la aldea de la abuela su ambición urbana trascendía a de maravillarse del increíble diseño de la naturaleza. Poco después de terminar sus estudios secundarios, Irina se mudó a los EEUU donde se graduó de CUNY con especialización en Finanzas, y pronto comenzó a construir su carrera en la banca de inversión de Citi. Pronto se dio cuenta de que la Tierra está anticipando un cambio colosal en los aspectos ambientales y sociales. Irina condujo un comité de Equipos Verdes del Citi Group y organizó eventos sobre la inversión en la sostenibilidad y la adaptación al cambio climático en 2012. Dos años más tarde comenzó sus estudios en el programa de Gestión de la Sostenibilidad de la Universidad de Columbia, enfocándose en el agua y los residuos. Actualmente, Irina trabaja como Directora de Programas en Sudáfrica y Namibia con varios grupos ambientales, da conferencias en escuelas de Nueva York sobre los problemas y oportunidades de agua y residuos, y enseña yoga.

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